Mostrar resumen Ocultar resumen
En una escuela técnica de Temperley, un grupo de alumnos está transformando plástico de desecho en materiales útiles y combustible experimental, una iniciativa que conecta la inquietud ambiental juvenil con soluciones prácticas. El proyecto, impulsado por estudiantes y docentes, plantea además preguntas más amplias sobre cómo canalizar la preocupación climática en acción concreta.
Un laboratorio escolar que busca cerrar ciclos
En la Escuela de Educación Secundaria Técnica N° 5 “Dos de Abril” cinco estudiantes de cuarto año de Electromecánica —Ignacio Moreira de Luca, Joaquín Centurión, Joaquín Magis, Alejo Ottaviano y Bautista Orzuza— trabajan junto a los profesores Pablo Enjo y Antonio Cuella en PP Argento (Petróleo Pirolítico Argento). El objetivo: dar una segunda vida a plásticos industriales mediante pirólisis y convertirlos en productos con utilidad práctica.

El proceso comenzó con la selección y limpieza del material: de 200 kilos donados por una industria, el equipo preparó unas 30 kilos hasta obtener pequeñas escamas aptas para el reactor. Tras varias rondas de prueba y error —las primeras filtraciones y vapores de ceras obligaron a rediseñar sellos y sistemas de refrigeración— el grupo consiguió un avance tangible: un líquido derivado del tratamiento que se empleó como combustible en una moto de 150 cc. El motor funcionó de forma estable y respondió al acelerador.
Córdoba: movilización masiva exige igualdad para mujeres y diversidades
Jóvenes dividen respuestas sobre la crisis climática: activismo y apatía marcan el futuro
Los responsables del proyecto ya trabajan en una cuarta unidad, pensada para aprovechar parte del gas generado en la pirólisis y hacer al reactor más autosuficiente. Para escalar la experiencia a otras escuelas técnicas deberán completar el prototipo, instalar una campana para capturar y tratar gases, certificar el proceso y conseguir financiación externa.
Por qué importa ahora
La iniciativa en Temperley no es un caso aislado: ejemplifica cómo jóvenes transforman la preocupación ambiental en proyectos tangibles. Esa reacción adquiere relevancia porque los efectos del cambio climático son cada vez más palpables y afectan derechos básicos. Un informe de UNICEF Innocenti (2024) calcula que alrededor de 1.000 millones de niños y niñas viven en países de alto riesgo climático y que, desde 2022, escuelas con unos 400 millones de estudiantes sufrieron cierres temporales por eventos extremos.
Más allá del dato, la decisión de actuar —o de no hacerlo— tiene consecuencias directas sobre el bienestar mental y la capacidad de las comunidades para adaptarse.
Cuando la preocupación se vuelve carga
Expertos en psicología ambiental advierten que la ecoansiedad incluye reacciones emocionales naturales ante la crisis climática y no siempre requiere un diagnóstico clínico. Sin embargo, cuando la angustia es persistente y afecta el sueño, la alimentación o las relaciones, es necesario intervenir.

Según la investigadora Jésica Favara, la percepción de contar con herramientas para incidir en la realidad es clave: cuando las personas ven resultados de sus acciones, la preocupación se transforma en compromiso. Graciela Tonello habla de dos caminos: una preocupación constructiva que favorece la adaptación y la mitigación, y una ansiedad que puede desembocar en una “ecoparálisis” que paraliza la acción.
La psiquiatra Nora Leal Marchena introduce además el concepto de solastalgia para describir el duelo por la pérdida de paisajes conocidos tras incendios, inundaciones o contaminación. En esos casos, la recomendación es aceptar las emociones, ofrecer apoyo comunitario y, cuando haga falta, recursos terapéuticos.
- Espacios de participación: talleres escolares, voluntariados y organizaciones civiles donde actuar.
- Formación y herramientas: conocimiento técnico y pedagógico para proyectar soluciones.
- Redes y comunidad: grupos que comparten la carga y previenen el agotamiento.
- Reconocimiento institucional: canales que integren la voz juvenil en políticas públicas.
- Financiamiento y certificación: recursos para escalar proyectos y homologar procesos.
Acción colectiva: ejemplos y límites
En Corrientes, la organización Correntinos contra el Cambio Climático —fundada por Nicolás Duarte— pasó de la indignación en redes a la ayuda concreta durante los incendios: apoyo a evacuados y colaboración con bomberos. Duarte subraya la importancia de la presencialidad: reunirse cara a cara ayuda a convertir la preocupación en trabajo útil y en relaciones entre jóvenes.
Greenpeace Argentina, por su parte, nota picos de incorporación de voluntarios tras eventos extremos. Cynthia Moreno Gallo, coordinadora de voluntariado, y la voluntaria Camila Surco recalcan que tener un rol claro y compartir esfuerzos en grupo transforma la ansiedad en compromiso sostenido. A la vez, las organizaciones impulsan pausas, rotación de tareas y actividades recreativas para evitar el desgaste.
Para líderes juveniles como Dana Oyarzabal, organizarse implica formarse, incidir en espacios institucionales y convertir una emoción individual en una herramienta política. Reclaman además cambios en escuelas y gobiernos: educación ambiental con pensamiento crítico, conocimiento del territorio y mecanismos que integren perspectivas juveniles en el diseño de políticas.
La escuela como espacio de respuesta
Docentes y especialistas coinciden en que dar información no alcanza: las instituciones deben facilitar oportunidades reales para participar, diseñar proyectos y observar resultados. En Tucumán, programas que promueven el aprendizaje al aire libre y el contacto con la naturaleza muestran beneficios en bienestar y actividad física, pero requieren formación previa del personal docente.
A ello se suma un aspecto menos visible: la huella material de herramientas digitales y de inteligencia artificial. Alejandro Artopoulos, del Centro de Innovación Pedagógica de la Universidad de San Andrés, advierte que muchos estudiantes no evalúan el costo energético de la tecnología. Propone debates sobre el uso y reglas que integren la sostenibilidad en lo digital.
En Temperley, mientras tanto, la experiencia de PP Argento ilustra una ruta posible: combinar técnica, curiosidad y cooperación para ofrecer alternativas reales frente a residuos plásticos. El cuarto reactor aguarda su próxima prueba; si supera las etapas de captura de gases, certificación y financiamiento, podría servir de modelo replicable en otras escuelas técnicas.











