Crisis petroleras 1973 y 1979: lecciones clave para la economía hoy

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El conflicto reciente entre Israel, Estados Unidos e Irán vuelve a poner el foco sobre un riesgo concreto: ¿cómo reaccionaría el mercado petrolero si la tensión se extiende? La historia energética del siglo XX ofrece pistas sobre ritmos, canales de contagio y costos económicos que hoy son relevantes para gobiernos, empresas y consumidores.

Para entender esas lecciones conviene recordar a quienes, desde la economía, comenzaron a analizar la relación entre energía y política. Sam Harold Schurr —investigador formado en Rutgers, con pasos por el National Bureau of Economic Research y por la organización Recursos para el Futuro— fue uno de los pioneros junto con Hans H. Lansberg en estudiar escasez y dependencia energética tras la Segunda Guerra Mundial. Investigadores como Joel Darmstadter subrayan que su trabajo ayudó a situar el debate público sobre la vulnerabilidad de las economías frente a interrupciones en el suministro.

1973: el primer gran golpe

Durante los años sesenta la demanda global de petróleo crecía a ritmo acelerado; entre 1960 y 1973, el consumo aumentó en promedio cerca de un 8% anual. La guerra del Yom Kippur, del 6 al 22 de octubre de 1973, actuó como detonante.

El 20 de octubre de 1973 Arabia Saudita anunció un embargo sobre las exportaciones dirigidas a Estados Unidos, y poco después la medida se amplió a otros países señalados por la Organización de Países Exportadores de Petróleo. Más que el embargo simbólico, fueron las reducciones efectivas en la producción las que desestabilizaron la relación entre oferta y demanda.

El resultado fue drástico: los precios del crudo se dispararon —según la calidad y el mercado de referencia, entre fines de 1973 y comienzos de 1974 el aumento osciló entre aproximadamente el 280% y el 339%— y quedó en evidencia el poder de los países productores sobre el mercado mundial.

Orígenes de la OPEP y reacción internacional

La OPEP nació en Bagdad el 10 de septiembre de 1960 a iniciativa de Arabia Saudita, Irak, Irán, Kuwait y Venezuela. Su influencia creció hasta convertir al mercado petrolero en un oligopolio de oferta durante los años setenta, con figuras como Ahmed Zaki Yamani en roles centrales.

En la respuesta institucional, el Fondo Monetario Internacional puso en marcha, el 17 de enero de 1974, una «facilidad petrolera» destinada a facilitar fondos a los países importadores para afrontar los mayores precios del combustible.

Las consecuencias macroeconómicas en las principales economías fueron profundas: el Producto Bruto Interno del grupo de países desarrollados (los futuros G7) se detuvo entre 1974 y 1975, mientras la inflación de consumo saltó de niveles promedio de 4,8% en el quinquenio 1968–1972 a alrededor de 13% en 1974. Si se revisan los precios mayoristas, el aumento fue aún más brusco: escaló desde 3,6% anual en el período 1968–1972 a más de 22% en 1974 en términos promedio.

1979–1980: un segundo shock, distinto en forma

El segundo episodio se desarrolló en dos fases: la revolución iraní de 1979 —con la caída del sha— y la guerra Irán–Irak iniciada en 1980. El salto de precios fue significativo (un aumento acumulado cercano al 178% desde noviembre de 1978 en el transcurso de un año), pero más diluido en el tiempo que en 1973, lo que facilitó cierta absorción por parte de las economías.

La incertidumbre política también alimentó la demanda de refugio: el oro escaló hasta rozar los US$1.000 la onza troy, niveles extraordinarios para la época.

Impactos en América Latina: el caso de la Argentina

El auge petrolero generó lo que se llamó el reciclaje de petrodólares: los excedentes de los países exportadores circularon hacia bancos y mercados financieros, financiando proyectos y deuda en países importadores. Argentina fue uno de los beneficiarios de ese flujo: contrajo préstamos sindicados a tasas relativamente bajas y a plazos largos durante fines de los setenta.

Varias condiciones explicaron la elegibilidad argentina para estos créditos: un gobierno militar que conseguía acceso a mercados internacionales, la figura del ministro de Economía con capacidad de interlocución en los mercados y una situación externa entonces favorable —superávit comercial y relación deuda pública/PBI aún reducida en comparación con décadas siguientes—.

Sin embargo, las condiciones internacionales cambiaron rápidamente. La política monetaria restrictiva liderada por Paul Volcker desde 1979 y, sobre todo, la declaración en agosto de 1982 del ministro de Finanzas de México sobre la incapacidad de su país para seguir pagando su deuda precipitaron una crisis que afectó a deudores de toda la región. En Argentina, aquella etapa desembocó en una crisis de deuda que tardó casi una década en resolverse.

1986: el antishock

Tras la recuperación global iniciada en 1983 se modificaron estructuras de demanda y oferta: el petróleo perdió peso relativo dentro del consumo energético industrial, la participación de la OPEP en la oferta mundial cayó significativamente (de cerca del 48% en 1979 a alrededor del 28% en 1985) y entraron nuevos productores y consumidores al mercado.

El resultado fue un vuelco: en enero de 1986 el precio del barril se desplomó de unos US$25 a cerca de US$10, un movimiento abrupto que marcó el inicio del llamado antishock petrolero. Entre el primer shock y este ajuste transcurrieron trece años.

  • 1960: Fundación de la OPEP en Bagdad.
  • 1973: Guerra del Yom Kippur; recortes de producción y embargo, precios multiplicados por tres o más.
  • 1974: Creación de la “facilidad petrolera” del FMI para ayudar a importadores.
  • 1979–1980: Segunda crisis por la revolución iraní y la guerra Irán‑Irak; nueva subida de precios y alza del oro.
  • 1978–early 1980s: Reciclaje de petrodólares, aumento del endeudamiento internacional (impacto notable en Argentina).
  • 1986: Caída abrupta de precios: el antishock.

Lo que estas etapas enseñan es práctico: la intensidad, la duración y los canales de transmisión de una crisis energética varían mucho según el origen del choque y las respuestas políticas. Medidas financieras (líneas de crédito internacionales), políticas monetarias y cambios en la oferta global pueden mitigar o agravar los efectos.

Hoy, con tensiones entre Israel, Estados Unidos e Irán, el riesgo no es solo geopolítico: implica potenciales efectos sobre inflación, crecimiento y costos de financiamiento. Para el lector medio esto se traduce en presiones sobre los precios de la energía, posibles alzas en la factura de combustible y cadenas de costos que pueden llegar a bienes cotidianos. Seguir la evolución de la oferta, las sanciones o cierres de vías marítimas y las decisiones de los grandes actores petroleros será clave para anticipar el impacto real.

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