Mostrar resumen Ocultar resumen
La combinación de menos nacimientos y más años de vida cambia por completo quién cuidará a la población mayor en las próximas décadas. Marcelo Röhr —cirujano, magíster en economía de la salud y director del Centro Hirsch— advierte que el desafío ya no es solo médico: es social, laboral y económico.
Röhr explicó en un congreso reciente del sector privado de salud que la prolongación de la vida plantea una nueva configuración poblacional: más personas en edades avanzadas y menos jóvenes disponibles para los trabajos de cuidado. Ese desplazamiento, sostiene, obliga a replantear dónde y cómo se prestan los servicios para la vejez.
Boca logra triunfo agónico ante Lanús: vuelve a zona de clasificación del Clausura
Ganado en el Delta en riesgo por el súper Niño: traslados se aceleran
Un doble cambio: biología y demografía
Por un lado está el avance médico: la esperanza de vida sube y muchas personas llegan a la vejez con mejor salud funcional que generaciones previas. Por otro, la caída de la fecundidad reduce la proporción de jóvenes en la sociedad. El resultado es una mayor demanda de cuidados junto a una menor oferta natural de quienes tradicionalmente los proveían.
Röhr recuerda que en algunos países ya se observan fenómenos inéditos: en naciones europeas recientes se registraron años con más defunciones que nacimientos, un indicador de la magnitud del cambio poblacional.
El trabajo que no se automatiza
El experto distingue entre tareas que pueden mecanizarse y los denominados oficios del lazo: empleos donde la técnica escrita no alcanza y la relación humana es central. Enfermería, auxiliares, cuidadores y acompañantes entran en esa categoría.

Estos roles han perdido atractivo relativo frente a otras profesiones mejor remuneradas o con mayor prestigio social, lo que explica parte de la escasez de mano de obra en el cuidado. Además, hay una pirámide biográfica cambiada: menos personas dispuestas a dedicar su vida laboral al cuidado de otros.
Recursos ocultos: los cuidadores informales
Röhr identifica en Argentina un capital humano subutilizado: cuidadores informales —familiares y trabajadores no registrados— que hoy sostienen gran parte del cuidado domiciliario. Según sus cálculos, si se les reconociera y regulara, ese colectivo podría representar una fracción significativa del PBI y convertirse en la base de una cadena de cuidados más organizada.
- Formación: cursos y certificaciones breves para elevar la calidad del servicio y reducir malos resultados clínicos.
- Regulación: reglas claras que permitan la formalización laboral y protejan a cuidadores y usuarios.
- Integración tecnológica: plataformas que conecten demanda y oferta de manera accesible.
- Valorización social y económica: mejoras salariales y campañas públicas que reconozcan la tarea del cuidado.
El Centro Hirsch ya puso en marcha una iniciativa digital que funciona como un ecosistema de vinculación: una aplicación móvil que conecta cuidadores, pacientes y familiares, ofrece capacitaciones gratuitas y crea un seguimiento triangular entre las partes. Para Röhr, la formación de cuidadores informales reduce internaciones innecesarias y permite que las personas mayores conserven autonomía en su hogar por más tiempo.
Cambios en las instituciones de larga estancia
En la última década, la duración media de la estadía en residencias de larga permanencia se ha reducido de varios años a apenas un par de años, según el diagnóstico del especialista. Esa tendencia —relacionada con mayor independencia funcional y con políticas que priorizan la atención domiciliaria— convierte al geriátrico en un recurso final más que en la norma de cuidado.

En algunos países europeos las residencias han dejado de tener un enfoque puramente médico para apostar por modelos socio-relacionales: espacios menos institucionales, con personal identificado por nombres y roles humanos más que por uniformes clínicos.
Tecnología con límites claros
Röhr no descarta el aporte de la tecnología —incluida la inteligencia artificial— dentro de plataformas que faciliten la organización y la prevención. Sin embargo, advierte que la parte afectiva del cuidado, la escucha y la presencia frente al sufrimiento, no son sustituibles por máquinas.
La conclusión es que la solución será híbrida: herramientas digitales y datos para optimizar procesos, junto a políticas que reconozcan y atraigan a personas al trabajo relacional del cuidado.
Para quien se pregunta qué implica esto en la práctica: las decisiones que se tomen hoy sobre formación, regulación y financiación del cuidado definirán si las próximas décadas serán una ampliación de autonomía para las personas mayores o un problema crecientemente costoso para familias y sistemas de salud.












