Rafael Di Tella, economista y profesor de Harvard, reconoce ahora que se sorprendió: la reducción de la inflación en Argentina fue más rápida de lo previsto y tiene detrás un cambio institucional y fiscal que alteró el panorama económico. Esa transformación —y el riesgo político que aún la amenaza— explican por qué sus efectos merecen atención inmediata.
Di Tella, que se presenta como un académico moderado y crítico del mileísmo, admite haber anticipado una recesión profunda como costo inevitable de un plan de ajuste tan ortodoxo. Hoy afirma que la desinflación respondió en buena medida a una corrección fiscal acelerada y a la ruptura de lo que él denomina dominancia fiscal, un fenómeno que hasta recientemente pocos habían previsto que se podía revertir tan pronto.
Según su análisis, el gobierno actuó con rapidez sobre el balance fiscal y eso produjo efectos positivos más fuertes de los que esperaban muchos economistas. El ajuste incluyó recortes y medidas que golpearon a grupos vulnerables, pero también mejoraron las cuentas públicas en un tiempo muy breve, generando una mejora de expectativas que facilitó la moderación de precios.
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No obstante, Di Tella es cauteloso: la estabilización todavía está lejos de consolidarse. Considera que la principal fuente de incertidumbre es política: mientras exista la posibilidad de que vuelva una administración con incentivos fiscales expansivos, la confianza y la inversión seguirán condicionadas.
En ese sentido, relativiza la eficacia de reformas institucionales como la modificación de la carta orgánica del Banco Central. Para él, la prioridad debería ser una política fiscal firme que sirva de ancla; una mayor independencia formal del central no sustituye la disciplina presupuestaria cuando el riesgo de reversión persiste.
Di Tella apunta además que el principal rival político, el progresismo argentino, no es comparable con las izquierdas fiscales de otros países latinoamericanos: lo describe como un espacio que tiende a tolerar déficits elevados bajo justificativos sociales, conducta que terminaría monetizándose en perjuicio de los sectores más pobres. Esa distinción, para él, es clave en la explicación del ciclo argentino frente a experiencias como las de Brasil o Bolivia.
Sobre la transición hacia un modelo más competitivo y con menor inflación, subraya que los costos en empleo y en reasignación de recursos son esperables. Valora que el gobierno haya optado por una reducción de la inflación más gradual de lo prometido inicialmente, pues cree que pretender alcanzar «inflación cero» de forma abrupta hubiera sido impracticable dada la situación estructural del país.
La repercusión internacional también lo sorprende: colegas y ejecutivos fuera de la región siguen con interés cómo se pasó de un populismo extremo a un giro hacia la apertura económica. Para Di Tella, esa transformación aún no está totalmente explicada y muestra limitaciones en la capacidad de los propios argentinos para comprender sus ciclos políticos y económicos.
Lo que sigue marcando su diagnóstico es la tensión entre resultados macroeconómicos favorables recientes y la fragilidad política que mantiene el riesgo de retroceso. Hasta que no aparezca una alternativa política seria y fiscalmente responsable, estima que el apoyo popular a la actual gestión puede persistir.
- Desinflación rápida: atribuida a un ajuste fiscal acelerado y a la ruptura de la dominancia fiscal, lo que mejoró las expectativas.
- Riesgo político: la posibilidad de una reversión por parte de partidos progresistas mantiene la incertidumbre sobre la sostenibilidad del cambio.
- Instituciones versus aritmética fiscal: reformas como la del Banco Central no garantizan estabilidad si no las respalda una disciplina fiscal real.
- Impacto en los más vulnerables: el ajuste tuvo costos sociales que, a juicio de Di Tella, derivan de prácticas de financiamiento previas que terminaron afectando a los pobres.
- Comparación regional: el kirchnerismo, según su perspectiva, difiere de otras izquierdas latinoamericanas por su tolerancia a déficits disfrazados de medidas sociales.
Para los ciudadanos y los mercados, las implicaciones son claras: la mejora de los indicadores fiscales e inflacionarios abre una ventana de oportunidad para consolidar estabilidad macroeconómica, pero esa oportunidad es frágil. Si la política no acompaña con reglas y actores que respeten la disciplina presupuestaria, los avances pueden diluirse con rapidez.
Di Tella también advierte sobre la comunicación pública del poder: critica los insultos y la confrontación como herramientas del gobierno, y apuesta por explicaciones técnicas y un discurso institucional que reduzca la polarización y ayude a anclar expectativas.
En resumen: la Argentina vive un giro económico inesperado para muchos analistas, con efectos positivos palpables, pero aún condicionados por la incertidumbre política y por el desafío de transformar mejoras temporales en cambios permanentes. Hasta las próximas contiendas electorales, la estabilidad seguirá transitando entre progreso y riesgo.










