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En plena discusión sobre el papel de la tecnología en la educación, voces con trayectoria docente sostienen que la llegada de la inteligencia artificial no implica la desaparición del aula. Lo que está en juego ahora es si las máquinas pueden suplantar la dinámica humana que convierte información en pensamiento crítico.
En una conversación que recoge recuerdos y enseñanzas de la década de 2010, el economista y docente rosarino Rogelio Tomás Pontón —quien enseñó en la Universidad Nacional de Rosario y en la Universidad Católica de Rosario y fue rector de la UCEL entre 1992 y 2000— planteó argumentos que hoy vuelven a tomar relevancia ante la proliferación de herramientas automáticas de consulta.
Una tradición académica que no se impone
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Pontón destacó su inclinación por corrientes económicas poco destacadas en los programas tradicionales, y explicó que su interés nació precisamente porque esos autores quedaban al margen del currículo oficial. En 2011 llegó a afirmar que Rosario concentraba un número inusitado de estudiosos de la Escuela Austríaca: un reflejo de cómo las ideas circulan más por curiosidad y diálogo que por imposición institucional.
Su trayectoria docente le permitió observar aulas de distinto tipo —primaria, secundaria y universidad— y concluir que no existe una única forma válida de enseñar: la heterogeneidad es la regla, no la excepción.
La clave está en la interacción
Para Pontón, el verdadero motor del aprendizaje no es la exposición magistral sino el intercambio. Si un profesor consigue que la mayoría de los alumnos participe, que discutan y expliquen sus posiciones, la enseñanza cumple su cometido. La presencia física facilita ese cruce de ideas, pero no lo garantiza: lo que importa es cómo se genera la conversación.
Interpretó la diversidad del aula de forma práctica: treinta estudiantes significan treinta puntos de partida distintos. El desafío es encontrarlos donde están, no imponer un único ritmo o estilo.
Presencialidad versus virtualidad
No negó las ventajas de la clase cara a cara: proximidad, respuesta inmediata, matices no verbales. Pero también reconoció que la educación remota cumple un rol imprescindible cuando la geografía, el coste o los horarios impiden la asistencia presencial.
La conclusión fue equilibrada: la virtualidad es preferible a la ausencia; la presencialidad suele ser superior para la interacción, pero ambas modalidades pueden complementar una formación sólida.
Enseñar a pensar, no a repetir, fue otra consigna recurrente. Pontón insistía en que el objetivo no es acumular datos sino aprender a identificar problemas, explicar causas y proponer soluciones razonadas.
Impacto de la inteligencia artificial
Ante la pregunta sobre la influencia de la inteligencia artificial en el proceso educativo, Pontón relativizó el temor a la sustitución: la tecnología facilita accesos y automatiza tareas, pero no reemplaza la necesidad de interpretar resultados ni de disputar ideas en un entorno social.
Usó una analogía simple: operaciones complejas que antes requerían esfuerzo manual hoy se resuelven en segundos con calculadoras; eso no anula la utilidad del resultado, lo que cambia es la pregunta que hay que saber hacerse: ¿para qué sirve ese número? En el mismo sentido, las herramientas de IA pueden ofrecer información instantánea, pero corresponde al aula transformar esa información en comprensión.
Riesgos y salvaguardias
Sobre el peligro del adoctrinamiento, Pontón advirtió que existe, aunque lo consideró manejable. Propuso enseñar la pasión por las ideas sin convertirlas en dogmas: los estudiantes deben aprender a argumentar, a cambiar de postura ante evidencia nueva y a convivir con la crítica.
Recordó además una anécdota entre economistas que resume una postura pedagógica: la importancia no es lo que los alumnos piensan, sino que piensen.
Consejos prácticos para docentes
- Dictar las clases personalmente: la autenticidad del docente genera confianza y respeto.
- Fomentar la participación: diseñar actividades que obliguen a todos a exponer y defender ideas.
- Plantear debates controlados: aclarar que discutir supuestos y dilemas es un ejercicio académico, no una invitación a la acción fuera del aula.
- Aprovechar la tecnología: usar recursos digitales para traer materiales, datos y puntos de vista, pero exigir comprensión y explicación.
- Aceptar la heterogeneidad: combinar estilos de enseñanza y permitir que distintos perfiles de profesor contribuyan a la formación.
El mensaje final que dejaba Pontón es simple y operativo: la educación es, ante todo, una actividad humana en la que la interacción y el estímulo crítico resultan insustituibles. La tecnología renueva herramientas; la responsabilidad de formar pensadores sigue recayendo en el aula y en quienes la habitan.












