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Antes del duelo entre Argentina y Egipto por un lugar en los cuartos del Mundial, la historia de Artín Assalian recuerda por qué ese cruce va más allá de la pelota: es el encuentro entre dos territorios que marcaron su vida y que explican por qué, pese a haber nacido en El Cairo, su corazón está con la Selección. Su relato atraviesa persecución, un exilio por mar y la reconstrucción de una identidad cultural que hoy mantiene viva desde la cocina.
La decisión de partir
Cuando Artín era apenas un bebé, su padre fue perseguido por las calles de El Cairo por un grupo que lo confundiría con judío. Logró salvarse gracias a la ayuda de un verdulero local que lo ocultó detrás del mostrador hasta que el peligro pasó. Esa noche la familia tomó una determinación definitiva: abandonar Egipto.
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De origen armenio, los abuelos de Artín habían llegado a Egipto en 1915 huyendo de la persecución turca. A principios de la década siguiente, ante el aumento de la violencia, la pareja vendió lo que tenía y pagó pasajes clandestinos para embarcar rumbo a Sudamérica con su hijo.
Una travesía por varios puertos
El trayecto marítimo fue largo y penoso: salieron desde Alejandría, pasaron por puertos europeos y africanos y cruzaron el Atlántico hasta recalar en Buenos Aires. Viajaban en camarote de cuarta clase, con raciones escasas y alimento de baja calidad, y la familia dependió de la habilidad del padre, sastre, que reparó y confeccionó prendas para otros pasajeros a cambio de comida y algo de dinero.
- Ruta del viaje: Alejandría → Nápoles → Marsella (espera de 17 días) → Dakar → Brasil → Montevideo → Buenos Aires.
- El sastre arregló ropa y confeccionó trajes, incluso para el capitán, y pidió como pago principalmente víveres.
- La llegada a la Argentina significó el primer recuerdo nítido de Artín: bajarlo del barco y ponerlo en brazos de su abuelo materno.
Una vida armada en Buenos Aires
Al desembarcar, la familia se instaló en la casa de los abuelos en Floresta; más tarde se mudaron a José Ingenieros. Con el tiempo nacieron sus hermanas y la pareja logró traer a otros parientes desde Egipto. Artín creció entre oficios variados: trabajó en distribución, pasó por publicidad y por el banco, y fue cobrador durante 25 años, tarea que lo llevó a conocer a fondo la ciudad.
Se casó en 1983 con Mabel Franco y formó una familia con dos hijos. Jubilado, buscó una manera de conservar las raíces y hace más de una década volcó ese empeño en la gastronomía casera.
Sabores como memoria
Su cocina reúne recetas armenias, árabes y argentinas: prepara fatay, hummus, mamul y baklava, pero también matambre, peceto y canelones. Según Artín, las tradiciones culinarias de árabes y armenios están muy cerca entre sí, y muchas de sus preparaciones encajan con el paladar porteño.
- Platos que suele ofrecer: fatay, hummus, ensalada “Belén”, pasticho, mamul, baklava, matambre, peceto, canelones y lentejas.
- Trabajo actual: cocina por encargo para grupos pequeños; valora que los comensales suelen terminar los platos por completo.
Para él, la Argentina fue garantía de oportunidades y de solidaridad: lo recuerda como un país donde “se trabaja en la calle y la gente ayuda”. Esa gratitud no contradice su recuerdo de Egipto ni de Armenia, pero sí define su pertenencia: la camiseta que más lo enorgullece es la albiceleste.
Mirada sobre el partido
Fanático de la Selección, vive con intensidad cada encuentro. Confiesa que sufrió en el reciente partido contra Cabo Verde y que le preocupa confiarlo todo a un solo jugador; al mismo tiempo, advierte del físico y la resistencia del equipo egipcio, acostumbrado a correr bajo climas extremos.
La historia de Artín funciona hoy como un recordatorio: detrás de un cruce deportivo hay biografías que cruzan continentes y que hablan de migración, adaptación y memoria. En su caso, la pelota conecta, por un rato, el lugar donde nació con el país que lo acogió.










