Mostrar resumen Ocultar resumen
Un informe reciente de la Sociedad Argentina de Cardiología alerta sobre una conducta peligrosa: muchas personas demoran en pedir ayuda ante síntomas de infarto, y esa espera puede ser determinante. En situaciones de emergencia cardiaca, la rapidez para recibir atención médica influye directamente en la supervivencia y en la gravedad de las secuelas.
Las afecciones del sistema circulatorio siguen siendo una de las principales causas de muerte en el país: provocan más de cien mil defunciones al año, aproximadamente el 30% de los fallecimientos con causa establecida, por encima de las enfermedades respiratorias y de los tumores. Dentro de ese grupo, el Infarto Agudo de Miocardio requiere intervención urgente: cada minuto sin tratamiento eleva la pérdida de tejido cardíaco y la probabilidad de complicaciones graves.
La SAC advierte que no se trata solo de acceso a servicios; un problema recurrente es la demora para consultar. Según el documento difundido por la entidad, una proporción importante de pacientes espera más de una hora desde el inicio de los síntomas antes de buscar atención, un lapso que reduce las oportunidades de un resultado favorable.
Boca brilló en el partido: palabras del Vasco generan polémica
Google Maps muestra ambos nombres de las Islas Malvinas: qué cambia para ti
Los signos clásicos incluyen un dolor intenso y opresivo en el pecho, dificultad para respirar y malestar general persistente. Pero las señales no siempre son las mismas: en las mujeres pueden predominar náuseas, acidez o cansancio extremo; en personas mayores, confusión o pérdida súbita de funcionalidad. En general, cuando los síntomas duran más de diez o quince minutos o reaparecen después de una mejora transitoria, conviene considerarlos una alarma.
Qué hacer si sospecha un infarto
Abajo, 10 acciones prácticas recomendadas por especialistas para manejar la emergencia desde el primer momento:
- No subestimar el malestar: cualquier dolor torácico persistente debe valorarse como potencial emergencia.
- Llamar al sistema de emergencias de inmediato; avisar a familiares no debe reemplazar ni demorar esa llamada.
- No conducir por cuenta propia: el paciente puede sufrir arritmias o desmayos en el camino.
- Guardar reposo, preferentemente sentado o semi-recostado, evitando esfuerzos innecesarios.
- Controlar la respiración para reducir la ansiedad; respiraciones lentas ayudan a bajar la demanda cardíaca.
- Facilitar el acceso a la vivienda (luces prendidas, puerta desbloqueada) para agilizar la llegada de la ambulancia.
- Tener el teléfono a mano para seguir instrucciones del operador y reportar cambios.
- Informar cualquier empeoramiento inmediato (más dolor, mayor dificultad para respirar, pérdida de fuerza).
- No automedicarse sin indicación profesional; la aspirina puede ser útil en ciertos casos, pero debe confirmarlo el servicio de emergencias.
- Actuar sin esperar a que el dolor ceda: postergar la consulta aumenta el riesgo de daño irreversible.
Sergio Baratta, presidente de la SAC, subrayó que ante señales compatibles con un infarto «la dilación no es una opción»: cuanto antes se diagnostique y trate al paciente, mayores serán las probabilidades de sobrevida y menores las secuelas a largo plazo.
Una red para salvar vidas
Para reducir los tiempos críticos, la Sociedad impulsa el proyecto Redes que salvan vidas, orientado a la creación de Redes Provinciales de Atención del Infarto Agudo de Miocardio. El objetivo es acortar al máximo el intervalo entre el comienzo de los síntomas y la restauración del flujo sanguíneo en la arteria bloqueada, mediante protocolos coordinados entre ambulancias, centros de diagnóstico y salas de hemodinamia.
Las cifras muestran la urgencia de esas iniciativas: en Argentina la mortalidad vinculada al infarto se mantiene en torno al 8 por ciento desde hace más de una década, el doble de la tasa que registran varios países europeos. Además, entre los pacientes que no reciben reperfusión oportuna, cerca del 40 por ciento desarrolla insuficiencia cardíaca posteriormente, con consecuencias en discapacidad, mortalidad a mediano plazo y costos sanitarios significativamente mayores.
Mejorar la respuesta ante el infarto implica, por tanto, combinar campañas de información que reduzcan la demora en pedir ayuda con sistemas organizados que permitan una reperfusión rápida. Para la salud pública y para las familias, esa suma de acciones es la vía más efectiva para bajar la mortalidad y la carga de enfermedad cardiovascular.










