El último gigante en Netflix: con Oscar Martínez, la película que divide y atrae público

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Netflix incorporó esta semana a su catálogo el drama argentino El último gigante, una película que vuelve vigente la discusión sobre la dignidad en el tramo final de la vida y el debate sobre la eutanasia en el país. Con la dirección de Marcos Carnevale y las actuaciones centrales de Oscar Martínez y Matías Mayer, el filme funciona como catalizador de una conversación social que ya se desarrolla en registros oficiales y redes.

La historia sigue a Julián, un expiloto que reaparece en Misiones tras décadas ausente para buscar a Boris, el hijo al que abandonó cuando era niño. La trama avanza entre reproches, intentos de acercamiento y la confesión del padre sobre su enfermedad terminal; ese cruce personal es el eje a partir del cual se plantean interrogantes éticos y emocionales.

Carnevale ha señalado públicamente que su intención no fue dictar sentencias morales sobre los personajes, sino abrir un espacio de reflexión. Eso se percibe en la puesta: hay escenas que privilegian la ternura y otras que exponen el conflicto sin soluciones fáciles. En paralelo, datos locales —por ejemplo, que en provincias como Córdoba existen más de 420 inscripciones en registros de voluntades anticipadas— otorgan a la película una resonancia social concreta.

Lo positivo

El mayor mérito del filme está en su capacidad para tocar temas delicados sin caer en la grandilocuencia. Las interpretaciones de Oscar Martínez y Matías Mayer sostienen buena parte del relato: ambos transmiten las fricciones entre perdón, culpa y la necesidad de clausurar una vida con cierto control. Los papeles secundarios —entre ellos figuras como Inés Estévez y Silvia Kutika— añaden contrapuntos emocionales, aunque en vaivenes menores.

  • Actuaciones: registro íntimo y preciso en los protagonistas.
  • Temática: pone en primer plano la conversación pública sobre el final de la vida.
  • Estética: el rodaje en las Cataratas del Iguazú aporta imágenes de fuerte carga poética.

Hay escenas que funcionan como detonante emocional: no buscan solamente conmover, sino invitar a pensar cómo acompañar a alguien que decide su despedida. Ese tono reflexivo es uno de los valores más claros de la película.

Lo que no convence

Sin embargo, la película sufre de problemas estructurales. El ritmo se tambalea en tramos extensos donde la confrontación entre padre e hijo se repite sin profundizar en las vidas previas de los personajes. Como resultado, cierta redención final llega de forma abrupta y poco hilada.

  • Ritmo: largos pasajes centrados en el desencuentro que ralentizan el avance dramático.
  • Desarrollo de personajes: falta información sobre el pasado y la psicología de ambos protagonistas.
  • Roles secundarios: aportes correctos pero, en muchos momentos, de carácter más decorativo que funcional.

En varios momentos la narración elige el silencio o la elipsis donde hacía falta mayor trabajo de guion para que el arco emocional resultara más creíble. Eso no invalida los aciertos interpretativos, pero sí limita el impacto sostenido del filme.

En términos culturales, El último gigante vuelve a colocar en la agenda pública asuntos que tienen consecuencias concretas: proyectos de ley, registros de voluntades y prácticas médicas relacionadas con el final de la vida. Más allá de sus virtudes y defectos cinematográficos, la película cumple con la función de reactivar un debate que sigue siendo urgente en la sociedad argentina.

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