Mostrar resumen Ocultar resumen
A los 93 años, Mabel Roncoroni es noticia por dos razones que interesan a la sociedad hoy: su intensa historia de amor reavivada a los 87 y su presencia activa en redes junto a su nieta. Ese cruce entre experiencia vital y visibilidad digital cuestiona estereotipos sobre la vejez y muestra por qué conviene atender cómo la comunidad mayor ocupa espacios públicos y mediáticos.
Un amor que empezó en la adolescencia y se concretó décadas después
Mabel recuerda vivamente un romance parcial de juventud que quedó suspendido en el tiempo: se conocieron cuando ella tenía 14 y él 17. Durante más de siete décadas esa posibilidad quedó en el recuerdo hasta que, ya ancianos, se reencontraron por casualidad en la calle.
Xavi Simons lesionado gravemente: alarma en Países Bajos tras victoria del Tottenham
Raúl Prebisch sigue vigente 40 años después: su legado guía la política económica
El reencuentro ocurrió cuando Mabel tenía 87 años. Lo vio pasar con bastón, volvieron a cruzarse y aquel vínculo que nunca se había desarrollado tomó forma inmediata: encuentros semanales, paseos por el Botánico y largas charlas. La relación se mantuvo alrededor de un año hasta que él, con problemas cardíacos, falleció el 5 de febrero de 2020.
Para Mabel fue una experiencia inesperada y rotunda: recuperar una ilusión de la juventud en la madurez le dio una nueva dimensión emocional. Dice que, en ese tiempo, sentía que volvía a tener la intensidad de los 16 años.
- Encuentro inicial: 1947, adolescencia en Mar del Plata.
- Reencuentro: 72 años después, cuando Mabel tenía 87.
- Duración del romance: poco más de un año.
- Fallecimiento: 5 de febrero de 2020, por complicaciones cardíacas.
Más que una anécdota romántica: resiliencia y reinvención
La vida de Mabel incluye otros capítulos fuertes. Se recibió de maestra a los 16 y, décadas después, mantiene la actividad docente impartiendo clases de inglés. Se casó a los 22, vivió un matrimonio de más de 30 años que define como difícil y quedó viuda a los 55, situación que la obligó a replantear su autonomía.
La terapia fue un recurso clave en ese proceso de reconstrucción personal. «Me ayudó a cambiar la cabeza», explica en voz baja, señalando que aprender a vivir sola y a organizar su tiempo la liberó y la llevó a formar un círculo social activo: clubes, tenis y una red de amigas a las que llama su núcleo afectivo.
De esa etapa también surgió su maternidad: tuvo dos hijos —Eduardo y Horacio— y, hoy, cuatro nietos que forman parte central de su cotidianeidad.
La abuela influencer: cuando la pantalla muestra otra vejez
En los últimos años Mabel se convirtió en una figura pública en internet gracias a los videos que produce con su nieta Juana Figueroa. Todo empezó con un clip jugando al tenis cuando Mabel tenía 91; desde entonces la pareja digital —que publica bajo un mismo perfil— ha sumado seguidores por mostrar una mirada activa y autónoma de la tercera edad.
Los contenidos no se limitan al «factor ternura»: apuntan a visibilizar rutinas, opiniones y la independencia de Mabel. La nieta, responsable de la gestión de las redes, dice que reciben mensajes constantes de personas que se reconocen en esa relación intergeneracional y que celebran que la protagonista no sea retratada como frágil, sino como participante de la vida cotidiana.
Impacto social: la cuenta funciona como un recordatorio público de que las personas mayores conservan deseos, proyectos y voz propia; además, refuerza la importancia del lazo familiar en la era digital.
Datos esenciales
- Edad actual: 93 años.
- Profesión: docente de inglés, activa todavía en la enseñanza.
- Actividad en redes: produce videos junto a su nieta Juana; el contenido destaca autonomía y humor.
- Historia sentimental: romance adolescente que se reanudó en la vejez y terminó con el fallecimiento de su pareja en 2020.
La historia de Mabel conecta tres temas de relevancia pública: la longevidad activa, el acceso de los mayores a plataformas digitales y la manera en que los afectos pueden reaparecer y transformar vidas en cualquier etapa. Para lectores interesados en la transformación social y cultural del envejecimiento, su experiencia ofrece señales claras: la edad no borra la posibilidad de empezar de nuevo ni la capacidad de reinventarse.
Hoy, entre clases, salidas con amigas y grabaciones para redes, Mabel mantiene una presencia intensa y coherente: continúa contando lo suyo y, a la vez, contribuye a que la sociedad vea a las personas mayores con otra mirada —más participativa, menos estereotipada—. Esa visibilidad tiene consecuencias prácticas: alimenta conversaciones sobre cuidado, autonomía y representación generacional en espacios públicos y digitales.












