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En 1985, con una inflación que rozaba el 450% anual y un déficit fiscal que amenazaba con colapsar el Estado, Israel lanzó un programa de emergencia que cambió el rumbo de su economía. Hoy, cuatro décadas después, el país es una potencia tecnológica con desempleo bajo el 3%; esa transformación fue el eje de la exposición del economista Esteban Klor en el Coloquio de IDEA en Mar del Plata, y ofrece lecciones relevantes para economías con alta inflación.
De la crisis a la estabilidad: medidas decisivas
El plan no nació como un experimento ideológico sino como una respuesta a una situación extrema: décadas de controles, gasto público abultado y sucesivas crisis externas habían dejado a la economía a la deriva. Klor, profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén, describió cómo se combinaron medidas fiscales y monetarias en 1985 para frenar la hemorragia.
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Entre las reformas clave estuvieron la eliminación de la indexación —que alimentaba la espiral inflacionaria—, una devaluación inicial seguida por un anclaje cambiario, y un recorte abrupto del gasto público, que pasó de ocupar más de tres cuartos del PBI a niveles mucho menores en pocos años.
Al mismo tiempo, el Banco Central dejó de financiar al Tesoro, aumentó de forma marcada las tasas de interés y restringió el crédito. El efecto fue rápido sobre la inflación, aunque el ajuste tuvo un costo social palpable: salarios reales en baja y un periodo prolongado hasta consolidar cifras bajas de inflación.
Instituciones que se mantuvieron
Una diferencia central, según Klor, fue que las reglas no cambiaron según el signo del gobierno. El acuerdo político firmado en 1984 entre fuerzas de distinto signo permitió compartir el costo político del ajuste y garantizar su continuidad.
De ese consenso surgieron dos pilares institucionales que sobrevivieron al paso del tiempo: la aprobación presupuestaria con mecanismos que obligan a votar (y evitan vacíos fiscales) y la autonomía del Banco Central, que dejó de actuar informalmente y se codificó en una ley en 2010. En la práctica, ambas medidas limitaron la capacidad del Ejecutivo para financiar déficits con emisión.
Cómo evolucionó el plan
El esquema no fue rígido. En los años siguientes se desmontaron controles de precios, se impulsaron privatizaciones y se abrió la economía al comercio exterior. El tipo de cambio fijo evolucionó hacia un sistema de bandas y, desde 2000, hacia un régimen más flexible.
Mientras tanto, el poder político rotó entre la centroderecha y la centroizquierda en varias elecciones, pero la disciplina fiscal y las normas básicas se mantuvieron.
- Medidas iniciales: devaluación, anclaje cambiario, fin de la indexación.
- Disciplina fiscal: recortes del gasto y límites legales al déficit.
- Independencia monetaria: prohibición práctica de financiar al Tesoro con emisión.
- Reformas estructurales: eliminación de controles, privatizaciones y apertura comercial.
- Resultados sociales y económicos: caída de salarios reales en el corto plazo; inflación de un dígito recién alcanzada 13 años después.
El desencadenante del boom tecnológico
La estabilización no resolvió por sí sola la transformación productiva, pero creó el entorno propicio para inversiones de largo plazo. Klor destacó cuatro factores que aceleraron el surgimiento del sector tecnológico: universidades de alto nivel, capital humano procedente de la industria de defensa, la llegada masiva de inmigrantes desde la ex URSS y una política pública que financió I+D.

Con estabilidad macroeconómica, las decisiones empresariales comenzaron a orientarse a horizontes de cinco, diez y quince años, lo que favoreció proyectos de alta intensidad tecnológica a los que antes no se atrevían.
Hoy la alta tecnología ocupa entre el 10% y 15% del empleo, explica la mitad de las exportaciones y representa cerca del 30% del PBI. El contraste con décadas previas es notable: en 1960 Israel y Argentina tenían niveles similares de ingreso per cápita; ahora Israel supera los US$55.000 mientras Argentina se sitúa en torno a US$27.000.
Lecciones y límites
El caso israelí muestra que la combinación de consenso político, reglas creíbles y reformas estructurales puede cambiar el sendero de una economía. Pero Klor también advirtió sobre costos y riesgos: el ajuste golpeó a los ingresos reales y muchas empresas no sobrevivieron a la apertura.
Además, la recuperación de la desigualdad tomó tiempo: aumentó entre 1985 y 2009 y solo empezó a revertirse en los quince años siguientes.
Para países hoy enfrentando inflación elevada, el ejemplo subraya dos mensajes prácticos: la importancia de construir reglas institucionales que perduren y la necesidad de aceptar costos temporales para lograr estabilidad de largo plazo.
¿Por qué importa esto ahora?
En un contexto global con presiones inflacionarias y debates sobre disciplina fiscal, la historia israelí ofrece un mapa de políticas públicas que funcionaron —y de los sacrificios que exigieron— para pasar de una crisis aguda a una economía orientada a la innovación. Lo que ocurrió hace cuatro décadas sigue siendo relevante porque muestra cómo la credibilidad y la continuidad institucional pueden atraer inversiones que generan crecimiento sostenido.












